lunes, 5 de diciembre de 2016

Poesía incompleta IV



Con los primeros vientos de diciembre, emergió pintado en el cristal el contorno de tu primer deseo. El cielo estaba más agitado que de costumbre, mucho más turbulento que otras veces, y en él se quebraban las ideas con rabia, con ira agria e impetuosa. En el patio había un arpa, y, junto al instrumento, una mujer que no entendía su mecanismo, y, junto a ella, un joven triste y débil que no quería crecer, y, junto a él, un pájaro muerto que no sabía volar. Encontré un felpudo en el aire, roñoso y marrón, pero no tuve valor para pisarlo. Siempre me aterraron las alturas. Con los primeros rayos del sol de diciembre, brotó dibujada en mi pecho la señal de tu primera sonrisa. 


La ciudad había llorado toda la noche y tenía los ojos abotargados de tanto hacerlo. El semáforo de Bravo Murillo esquina con Pedro Villar había extraviado el caminante de luz verdosa. Encontré una poesía mal estructurada sobre el asfalto, entre el Mercadona y el estanco, pero no tuve coraje para leerla. Siempre me falto valor para los malos poemas. En el autobús había un piano inmaculado, y, junto a él, un muerto que no se acordaba de la partitura, y, junto a él, un niño que olvido cómo esconder su mirada y, junto a él, una muñeca de plástico que se perdió en la senda de regreso. Con los primeros minutos de diciembre, se presento trazada entre la niebla el contorno de tus labios. La sombra del alba se quedo dormida en el sofá y los libros me llamaban sin queja alguna. 
Tú dormías. La calle seguía llorando. Me gustaría mucho montar una orquesta y armonizar a este mundo. tan desfigurado.


Canet.

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