lunes, 23 de octubre de 2017

El banco

El banco tenía una placa
que sólo los hombres invisibles podíamos descifrar:
"Se pueden sentar y observar"
rezaba aquella placa
que un hombre cualquiera no hubiera podido descubrir.
A pesar del mensaje
ningún hombre tomo asiento
para observar
desde este banco que agoniza de tristeza,
esquelético y sombrío,
en la acera del paseo.

Canet

En la planta 47 (Vol.2)

1.
Me encanta mi trabajo. 
Soy distribuidor de almendras. 
También tengo golosinas, chocolates y bizcochos. 
Todos con aspecto de locución. 
Oraciones que dulcifican.
Que pulimentan los endemoniados mecanismos del tiempo. 
Que templan el gélido viento que recorre por los espacios solitarios. 
Distribuyo caramelos, bombones, pasteles. 
Los envuelvo en armonías de palabras sabrosas, 
los embadurno con la gustosa vainilla de los sueños. 
Creo que no sabría hacer otra cosa.
Me siento en mi silla de cada mañana, 
entre la planta 47 y la bóveda celestial, 
y aguardo hasta que se eleven las palabras 
y la brisa las lleve al lugar donde alguien contempla el firmamento.



2.
Un pájaro siempre se presenta en mis poesías. 
Su revoloteo lo gobierna su presente. 
También su exactitud, que ignora línea recta. 
Se eleva y después desciende para aproximarse a un verso. 
Voltea entre las nubes, se acerca al fragmento del margen. 
No se desplaza, se deleita. 
Uno entiende de inmediato que una civilización de pájaros 
nunca hubiera inventado el aeroplano. 
Ni siquiera el barco. 
Pero obviamente habría inventado la poesía. 
Y la ciencia. 
Y a los pintores flamencos. Y el cielo.
Bate sus alas consciente de la música que produce. 
Absorbe de las palabras más bellas su excelencia. 
Un pájaro siempre se presenta en mis poesías. 
Le veo, deletreándome.



3.
Que sean los pájaros quienes escriban el punto final a mi poesía,
y aquellas palabras 
que siempre han sido mías
regresen al comienzo,
a la primera voz sin sentido
en la que brotaba la inocencia,
al mutismo en su totalidad,
para que logren ser pronunciadas en otros labios.

Que los pájaros
amantes de las musas
cierren mi boca enajenada 
y sellen los ojos frente a este cielo
instaurado en la pta 47.

Canet

Dormidos



Un buen día fui con mi abuela a visitar el sepulcro de mi abuelo. 
A decir verdad, el abuelo no se encontraba allí. 
Visitamos la tumba. 
Un operario la fregó con su apagada bayeta dándole algo de decencia. 
Arrancó algunos hierbajos que crecían a su alrededor. 
Frente a mí, una yedra descendía como una tarde triste. 
A uno de los lados, unos frondosos cipreses se nutrían con el alimento de los muertos. 
Un cielo sin aves de las ocho de la mañana parecía próximo a encenderse. 
Mi abuela rezó y se quejó: -Ay Manuel-, dijo entre lamentos. 
Su semblante retornó a la tristeza y vi como su apariencia menguaba. 

No sospechaba ella que pocos días después moriría 
y que yo tendría que adueñarme de su pena y de sus lamentaciones. 
Tuve que meter en mi cuerpo a ambos. 
Llorar por el abuelo y por ella. 
Hoy los dos descansan en mi corazón 
y no pueden despertar.


Canet

Tú y yo, o nada


Si se te ocurre marchar antes , 
me elimino
del decorado nuestro y único,
mi caminar se olvidará de ese sendero 
que conduce a nuestro hogar, 
a nuestros muros de claros de luna.

Por si se te ocurre irte, 
me diluyo,
me convierto en umbría de tu sombra, 
al extremo de las alas de un cuervo,
emigro hacia un lugar desconocido.

Si se te ocurre dejarme cubierto con esa desmedida
conmoción, me enquisto en la madera de los cipreses,
me hago mineral entre las rocas,
me suprimo de mí, 
deshago mis líneas,
siempre seremos tú y yo, o nada.

A S.R.L

Canet

No hay otro Yo

De momento la existencia
en mi táper de insuficiencia
unas descarnadas lentejas de celeste verde
aquí en mi táper
mírame
mírate
escribe sin desconfianza
destrozar la luz
o crearla
descubrirla
como quien abre los ojos y pinta
un firmamento anaranjado
en el táper exiguo,
Bergman, zanahoria, versos
más Bergman y alguna patata
versos sobre la servilleta
tantas películas
ingobernables maravillas
y la luna
emparedada en mi ventana
y el fruto de la locura
tan carcomido
éste apetito propio
siempre presente
es verdadera victoria
que es el cuerpo
y la tierra
que no envejece.
No hay otro Yo
en este táper empobrecido
tan solo yo
devorándome lentamente.


Canet

Los pétalos rojos

Hace mucho tiempo
yo observaba desde la ventana de una habitación
como la lluvia aplastaba los pétalos rojos contra la tierra
y en ese instante único de la juventud que apenas pude alargar
supe que jamás olvidaría esa escena, 
que apenas recordaría nada de aquellos días,
ni mis no amigos, 
ni mis aficiones o intereses , ni mis temores,
compañeros, ni escritores, ni bandas de rock
ni películas de amor, ni enemigos empapados en una cultura bukowskiana...
sólo los pétalos rojos y el diluvio,
me acuerdo del día y de la lluvia
me acuerdo de la hora exacta y de los pétalos rojos
y que nunca en los años que continuaron 
comparé con alguna otra.

Canet

Un hombre común

Con cuarenta
he encontrado el amor, la poesía y las heridas.
La vida es más auténtica, 
no he dicho más tranquila, solo más auténtica.
Miro por la ventana y escribo, 
pienso en Silvia y en los niños,
también en la sinrazón de cada día
y siento que me duele y me hiere.
Todo esto me fuerza a concebir color y luz,
a quitarme la ropa negra como quien se quita
los calcetines
para a caminar descalzo por la noche,
para llorar en secreto.
Ahora observo a un hombre común,
pienso que la vida se mantiene
y que toda herida tiene audiencia,
aunque sea el amor, la poesía o las lágrimas.

Canet

En un mundo incomprendido


Observo los utensilios
de este mundo que los hombres levantan, 
donde se fatigan,
rezuman, copulan, coexisten.

Sus cuerpos exprimidos por el paso de los días,
sus noches de resuellos y de televisión,
las disyuntivas donde se admiten.

Hay cierta obstinación 
y la ignorancia les ilumina
y la inacción, más férrea que las vigas.

Sin honra
se defraudan, engañan,
como alimañas se olfatean,
engullen y luchan por un trozo de carnaza.

Y cuando danzan, cuando se escurren
o cuando
se humillan, ríen a carcajadas,
entrecierran los ojos, contemplan
la oquedad que se abre a sus pies
y se prestan a un delirio plastificado, 
cruel.

Yo pertenezco a otra ribera, 
de alguna otra parte,
soy de aquellos que no saben ni robar ni regalar,
una persona ajena a vuestra construcción.

No os aproximéis a mí, 
hombres que levantáis este mundo,
dejadme tranquilo, 
no es necesario que me eliminéis.
Soy de los que mueren en casa, 
de los que mueren por pintar algo de color.

Agonizo al observaros y no comprenderos.

Canet

jueves, 19 de octubre de 2017

No es la poesía lo que yo pensé.

No es la poesía lo que yo pensé,
tan solo:
vastedad de soledades continuadas,
la duda despejada
en mi ecuación espiritual de provecho.
No es hule de migas cubriendo
miserias de un ágape consumido
o bruma que se esparce hacia el confín
de un firmamento al que le di la espalda.

No es lo que creí. 
Es un aguacero indisciplinado,
un torbellino que arrastra residuos
de un antiguo siniestro
hacia el aislamiento de mi egocentrismo.

Tal vez una puñalada
que hurga grietas
en lo etéreo.

Escribir es cargar esa condena,
perpetua, cruel, insistente.
El poeta no escribe: se va escribiendo.
Construcción definitiva, naturaleza que se mantiene,
es un gerundio
indefinidamente
subsistiendo.

Canet

martes, 7 de febrero de 2017

Suficiente para mí


Aquellos fracturan el mundo en diminutos fragmentos.
Aquellos destrozan el mundo a base de golpes,
aunque a mí no me inquieta, 
no me importa.
Todavía hay mucho para mí.

Tan sólo necesito que me siga gustando
una vieja película olvidada, un sendero de piedras,
un madrugador pájaro.
Que me siga gustando
un paseo en bicicleta, las gotas de rocío en noviembre,
un gato en el tejado.
Pueden aquellos romperlo todo 
en pequeños trozos.
Todavía hay bastante para mí.

Atesoraré siempre algo de viento
una brizna de vida , un poco de luz en la mirada
y el cierzo de Madriz,
y tal vez
si logran encerrarme
habrá suficiente para mí. 
Bastante.

Será necesario que me deleite 
con esa estatua erosionada, el óxido de las vallas 
y el musgo del muro
donde se detiene el tiempo.
La paleta rota que uso para pintar, mis libros 
y sus estantes.
Las moléculas inmóviles en un rayo de luz,
me gustan las puertas abiertas y
los seres que han entrado sin llamar
que progresan, que me arrastran
para que logre hallar el sentido de la vida 
y poder colorearla.

Me gustan esos cuadros de mi casa, 
barrios rotos y mujeres despeinadas
Es mi hogar y me siento complacido.
Me deleito
con esa caja repleta de música 
¡Oh! De veras que me delito y 
eso es lo importante, que me guste
una vieja película olvidada, un sendero de piedras,
un madrugador pájaro.
Aquellos destrozan este mundo
con su martillear incesante. 

Aún hay suficiente para mí,
mucho queda, amor mío. 

Canet.

martes, 31 de enero de 2017

Contratiempo

Aprendí a ser yo mismo en el carrusel de la verbena 
que instalaban cada verano muy cerca del barrio. 
Cuando zumbaba la sirena y se paraba, dejaba la mano de mi abuela y volaba a elegir dónde ser yo mismo sobre uno de los aparatos del tiovivo. 
Los hermosos corceles y demás animales que subían y bajaban, jamás llamaron mi atención. 
El coche de la policía era extremadamente seductor, sí, pero muy disputado. 
Elegía siempre una especie de camioneta ruinosa que, si no me subía yo, giraba sola, 
sin ningún niño al volante. 
Este fue mi primer contratiempo: 
¿Por qué aquello que me gustaba no le agradaba a nadie más? 

Canet

La vida

La vida se encuentra lejos 
y a la vez está cerca. 
Se encuentra en lo que sucede 
y en lo que está por acontecer. 
En las charlas y en los silencios. 
Se presenta donde todos la buscan 
y donde tal vez pueda estar. 
Uno cree que la vida es como una línea del metro cuyas señales sean paradas donde los pasajeros se montan o se apean. 
No hay nada más insólito que la vida. 

La vida respira por fuera y por dentro, en cada uno de los bordes, muy allá o demasiado aquí.
Es aquello que palpita en un vocablo, 

en un sonido, durante un momento.

Canet.

lunes, 23 de enero de 2017

Silvia

Si tu piel no fuera tan sedosa,
ignoraría que tu figura es una prolongación de la mía,
ni podría tomarte a través de la península de tus dedos.
¡Oh, Silvia!
Hemisferio hundido en mi sangre,
murmullo de alas
cuando el tiempo se despedaza
y sólo permanece la fatiga de vivir.
Mujer que me proyectas cada día:
sólo cuando tú me acaricias
sé que soy distinto y me admito.

A Silvia R.L
Canet

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Escapando

Recuerdo que mi primer juguete fue un perro de peluche, el perro Juan.
Nuestro primer juego fue escondernos en el armario de mi madre y también esperar el momento adecuado para escaparnos a la calle.
Juan y yo preparábamos el equipaje y acomodábamos dos almohadas de la cama grande como si fuesen los asientos de un vagón .
Y nos sentábamos, cada uno mirando por la ventana. 
Juan no llevaba maleta, ni mochila siquiera, sólo su lanudo jersey rojo.
Yo llevaba un baúl de madera muy pesado. Quizá el mismo que mi madre utilizó en su viaje hacia Madrid.
En su interior había una chaqueta vieja, las ceras para colorear, un par de cuentos, una navaja y mi inseparable linterna.
Fugarme de casa fue uno de mis juegos preferidos.
Se trataba de una llamada para viajar.
Con la gran mudanza a los once años, y la tendencia de mi madre por deshacerse de todo,
perdí de vista a Juan, el pesado baúl y aquel armario. 
Pero mantengo intactas las ganas de seguir ocultándome…
de continuar escapando.
Canet

lunes, 5 de diciembre de 2016

Poesía incompleta IV



Con los primeros vientos de diciembre, emergió pintado en el cristal el contorno de tu primer deseo. El cielo estaba más agitado que de costumbre, mucho más turbulento que otras veces, y en él se quebraban las ideas con rabia, con ira agria e impetuosa. En el patio había un arpa, y, junto al instrumento, una mujer que no entendía su mecanismo, y, junto a ella, un joven triste y débil que no quería crecer, y, junto a él, un pájaro muerto que no sabía volar. Encontré un felpudo en el aire, roñoso y marrón, pero no tuve valor para pisarlo. Siempre me aterraron las alturas. Con los primeros rayos del sol de diciembre, brotó dibujada en mi pecho la señal de tu primera sonrisa. 


La ciudad había llorado toda la noche y tenía los ojos abotargados de tanto hacerlo. El semáforo de Bravo Murillo esquina con Pedro Villar había extraviado el caminante de luz verdosa. Encontré una poesía mal estructurada sobre el asfalto, entre el Mercadona y el estanco, pero no tuve coraje para leerla. Siempre me falto valor para los malos poemas. En el autobús había un piano inmaculado, y, junto a él, un muerto que no se acordaba de la partitura, y, junto a él, un niño que olvido cómo esconder su mirada y, junto a él, una muñeca de plástico que se perdió en la senda de regreso. Con los primeros minutos de diciembre, se presento trazada entre la niebla el contorno de tus labios. La sombra del alba se quedo dormida en el sofá y los libros me llamaban sin queja alguna. 
Tú dormías. La calle seguía llorando. Me gustaría mucho montar una orquesta y armonizar a este mundo. tan desfigurado.


Canet.

Poesía incompleta III


Desde la cúspide renegrida en la que habito ahora
traiciono los silencios de las tinieblas
y me acuso cuando, inútilmente,
me empeño en visitar tu tristeza.

¡Qué insensato es escudriñar en lo olvidado!
¡Qué absurdo declarar lo impronunciable!
¡Qué inútil serie de inquietudes
y qué lento abandono de uno mismo!

¡Qué amarga esta tristeza de martes,
y este deleitoso sabor de desastre,
y esta agotada voz con la que te nombro,
y el extenuado avance de las horas,
y los árboles desnudos en la calle
reconociendo apáticos su sentencia!

Ya nada merece la pena,
a excepción de lo considerable...
Y me dejo arrastrar
hacia lo inaguantable
soportando esa armonía
que me acerca a ti. 

Canet

Podéis...




Podéis quitármelo todo,

quitarme aquello que me pertenece:
mis ojos, mis piel, mi memoria
- o aquel Mayo, donde me enamoré...

Podéis despojarme de aquello
que no es mío :
los deseos, la felicidad, 
la confianza de ser.

Podéis rechazarme, enmudecerme, oprimirme...
podéis simular que jamás me nombrasteis,
que pude no haber nacido,
y que no permanecen mis huellas
donde mis pies anduvieron sólidamente.

Podéis rectificar mi rastro
mientras sepulto mis manos 
en la tierra del tiempo.
Pero de ningún modo, ¿me escucháis?,
jamás seréis capaces arrebatarme la palabra,
el ansia de arder, de ser barro,
de buscar la certeza y la hermosura.

No me robareis
el doliente sentir,
el derecho a volar
y no cuidar la indumentaria.

No podréis silenciar mi durmiente aullido
porque todo éso es de mi propiedad,
anida en mi silencio,
y lo trenzan quienes me aman
con briznas invisibles y completas. 

Canet